SS. Benedicto XVI: La tarea fundamental de los sacerdotes es la salvación de las almas

ACIPRENSA. Vaticano. Junio 29. En su homilía de la Misa que presidió esta mañana en la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, el Papa Benedicto XVI resaltó la necesidad de que los sacerdotes y los obispos se dediquen a la tarea fundamental de la salvación de las almas, teniendo en cuenta que para ello es necesario, ante todo, “gustar y ver” al Señor.

En sus palabras, el Santo Padre se refirió al mensaje de San Pedro en su primera carta, en donde explica que Cristo es el “custodio” o “vigilante” de las almas. “Ciertamente no se entiende una vigilancia externa, como se puede decir tal vez de un guardia carcelario. Se entiende más bien como un ver desde la altura, un ver a partir de la elevación de Dios. Un ver en la perspectiva de Dios es un ver del amor que quiere servir al otro, que quiere ayudarlo a ser verdaderamente él mismo. Cristo es el ‘obispo de las almas’, nos dice Pedro. Esto significa: Él nos ve en la perspectiva de Dios”, dijo.

“Si Cristo –continuó– es el obispo de las almas, el objetivo es aquél de evitar que el alma en el hombre se empobrezca, es hacer que el hombre no pierda su esencia, la capacidad para la verdad y el amor. Hacer que él venga a conocer a Dios; que no se pierda en callejones sin salida; que no se pierda en el aislamiento, sino que permanezca abierto para el conjunto”.

Seguidamente Benedicto XVI explicó que “Jesús, el ‘obispo de las almas’, es el prototipo de todo ministerio episcopal y sacerdotal. Ser obispo, ser sacerdote significa en esta perspectiva: asumir la posición de Cristo. Pensar, ver y actuar a partir de su posición elevada. A partir de Él estar a disposición de los hombres, para que encuentren la vida”.

Así, explicó el Papa, la palabra obispo se acerca mucho al término “pastor”; cuya tarea es pastorear y custodiar el rebaño y conducirlo a los pastos justos. Pastorear el rebaño quiere decir tener cuidado en que las ovejas encuentren la nutrición justa, sea saciada su hambre y apagada su sed. Más allá de la metáfora, esto significa: la palabra de Dios es el alimento del que el hombre tiene necesidad”.

Hacer siempre de nuevo presente la palabra de Dios y dar así alimento a los hombres es la tarea del recto Pastor. Y él debe saber también resistir a los enemigos, a los lobos. Debe preceder, indicar el camino, conservar la unidad del rebaño”, añadió y precisó que “no basta hablar. Los Pastores deben hacerse ‘modelos del rebaño’. La palabra de Dios es traída del pasado al presente, cuando es vivida”.

Al hablar luego sobre la “razón de la esperanza” de los cristianos, Benedicto XVI subrayó que “la fe proviene de la Razón eterna que entró en nuestro mundo y nos ha mostrado al verdadero Dios. Va más allá de la capacidad propia de nuestra razón, así como el amor ve más que la simple inteligencia. Pero la fe habla a la razón y en la confrontación dialéctica puede resistir a la razón. No la contradice, sino que va a la par con ella y, al mismo tiempo, conduce más allá de ella – introduce en la Razón más grande de Dios”.

“Como pastores de nuestro tiempo tenemos la tarea de comprender nosotros primero la razón de la fe. La tarea de no dejarla permanecer simplemente como una tradición, sino reconocerla como respuesta a nuestras preguntas. La fe exige nuestra participación racional, que se profundiza y se purifica en un compartir de amor. Forma parte de nuestros deberes como Pastores penetrar la fe con el pensamiento para estar en grado de demostrar la razón de nuestra esperanza en la disputa de nuestro tiempo. Más aún – el pensar, por sí solo, no basta. Así como el hablar, por sí solo, no basta”.

Por esa razón, aseguró el Santo Padre, “tenemos necesidad de la experiencia de la fe; de la relación vital con Jesucristo. La fe no debe permanecer como una teoría: debe ser vida. Si en el Sacramento encontramos al Señor; si en la oración hablamos con Él; si en las decisiones cotidianas nos unimos a Cristo – entonces ‘veremos’ cada vez más cuan bueno es Él. Entonces experimentaremos qué bueno es estar con Él. De una tal certeza vivida se deriva la capacidad de comunicar la fe a los demás de modo creíble”.

El Cura de Ars, en cuyo 150º aniversario de fallecimiento el Papa ha decretado el Año Sacerdotal, “no era un gran pensador. Pero él ‘gustaba’ al Señor. Vivía con Él desde las minucias de lo cotidiano además de las grandes exigencias del ministerio pastoral. De este modo se convirtió en ‘uno que ve’. Había gustado, y por esto sabía que el Señor es Bueno. Oremos al Señor, para que nos dé este gustar y podamos convertirnos en testigos creíbles de la esperanza que está en nosotros”.

Al referirse luego a la tarea de la salvación de las almas, el Pontífice explicó que “sin sanación de las almas, sin sanación del hombre desde dentro, no puede haber una salvación para la humanidad. La verdadera enfermedad de las almas, San Pedro la califica como ignorancia – es decir, como desconocimiento de Dios. Quien no conoce a Dios, quien al menos no lo busca sinceramente, queda fuera de la verdadera vida”.

“Aún otra palabra de la Carta (de San Pedro) puede sernos útil para entender mejor la fórmula ‘salvación de las almas’: ‘Purifiquen sus almas con la obediencia a la verdad’.

Es la obediencia a la verdad la que hace pura al alma. Y es la convivencia con la mentira la que la contamina. La obediencia a la verdad comienza con las pequeñas verdades de lo cotidiano, que con frecuencia pueden ser fatigosas y dolorosas. Esta obediencia se extiende después hasta la obediencia sin reservas de frente a la Verdad misma que es Cristo”.

Finalmente, dirigiéndose a los arzobispos que recibieron el palio episcopal en la Eucaristía, el Santo Padre explicó que este “recuerda el rebaño de Jesucristo, que ustedes, queridos hermanos, deben apacentar en comunión con Pedro. Nos recuerda a Cristo mismo, que como Buen Pastor tomó sobre sus espaldas a la oveja perdida, la humanidad, para llevarla a casa. Nos recuerda el hecho que Él, el Pastor Supremo, quiso hacerse Cordero, para hacerse cargo desde dentro del destino de todos nosotros; para llevarnos y sanarnos desde dentro”.

“Queremos orar al Señor, para que nos permita estar sobre sus huellas Pastores justos, ‘no porque estamos obligados, sino de buena gana, como le gusta a Dios (…) con ánimo generoso (…) modelos del rebaño’ (1 Pe 5,2s). Amén”, concluyó.

Audiencia Gral: Junio 24

BENEDICTO XVI

Miércoles 24 de Junio de 2009

Año Sacerdotal

Queridos hermanos y hermanas:

El pasado viernes, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, tuve la alegría de inaugurar el Año Sacerdotal, con ocasión del ciento cincuenta aniversario de la muerte de san Juan María Vianney. El objetivo de este Año, como he escrito en la carta que he enviado a los sacerdotes, es:

renovar en cada uno de ellos la aspiración a la perfección espiritual, de la que depende en gran medida la eficacia de su ministerio.

Asimismo, esta iniciativa servirá para reforzar en todo el Pueblo de Dios la conciencia del don inmenso que supone el ministerio ordenado para quien lo ha recibido, para toda la Iglesia y para el mundo. Espero que este Año Sacerdotal sea un tiempo de abundantes gracias para todos los sacerdotes, en el que profundicen en su íntima unión con Cristo crucificado y resucitado. Que a imitación de San Juan Bautista, cuya fiesta celebramos hoy, estén dispuestos a “disminuir” para que Él crezca, y así, siguiendo también el ejemplo del Cura de Ars, consideren la enorme responsabilidad de la misión que les ha sido encomendada, que es signo y presencia de la infinita misericordia de Dios.

* * *

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española aquí presentes. En particular, a los peregrinos de la Arquidiócesis de Tulancingo, con su Arzobispo, Mons. Domingo Díaz Martínez, y de la Diócesis de Alcalá de Henares, con su Obispo, Mons. Juan Antonio Reig Pla, así como a los demás grupos venidos de España, Honduras, México y de otros países latinoamericanos. Os aliento para que en este Año Sacerdotal encomendéis de un modo especial a todos vuestros sacerdotes.

A

Indulgencias durante el Año Sacerdotal

PENITENCIARÍA APOSTÓLICA

Como se anunció, el Papa Benedicto XVI decidió convocar un Año Sacerdotal especial con ocasión del 150 aniversario de la muerte de san Juan María Vianney, cura de Ars, modelo luminoso de pastor, entregado completamente al servicio del pueblo de Dios. Durante este Año sacerdotal, que comenzará el 19 de Junio de 2009 y se concluirá el 19 de Junio de 2010, se concede el don de indulgencias especiales, de acuerdo con lo que se especifica en el siguiente Decreto de la Penitenciaría Apostólica.

DECRETO

Se enriquecen con el don de sagradas indulgencias algunas prácticas de piedad que se realicen durante el Año sacerdotal convocado en honor de san Juan María Vianney.

Ya se acerca el día en que se conmemorará el 150° aniversario de la piadosa muerte de san Juan María Vianney, cura de Ars, que aquí en la tierra fue un admirable modelo de auténtico pastor al servicio de la grey de Cristo.

Dado que su ejemplo ha impulsado a los fieles, y principalmente a los sacerdotes, a imitar sus virtudes, el Sumo Pontífice Benedicto XVI ha establecido que, con esta ocasión, desde el 19 de Junio de 2009 hasta el 19 de Junio de 2010 se celebre en toda la Iglesia un Año Sacerdotal especial, durante el cual los sacerdotes se fortalezcan cada vez más en la fidelidad a Cristo con piadosas meditaciones, prácticas de piedad y otras obras oportunas.

Este tiempo sagrado comenzará con la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, Jornada de santificación de los sacerdotes, cuando el Sumo Pontífice celebre las Vísperas ante las sagradas reliquias de san Juan María Vianney, traídas a Roma por el obispo de Belley-Ars. Benedicto XVI concluirá el Año Sacerdotal en la Plaza de San Pedro, en presencia de sacerdotes procedentes de todo el mundo, que renovarán su fidelidad a Cristo y su vínculo de fraternidad.

Esfuércense los sacerdotes, con oraciones y obras buenas, por obtener de Cristo, sumo y eterno Sacerdote, la gracia de brillar por la fe, la esperanza y la caridad, y otras virtudes, y muestren con su estilo de vida, pero también con su aspecto exterior, que están plenamente entregados al bien espiritual del pueblo, que es lo que la Iglesia siempre ha buscado por encima de cualquier otra cosa.

Para conseguir mejor este fin, ayudará en gran medida el don de las sagradas indulgencias que la Penitenciaría Apostólica, con este Decreto, promulgado de acuerdo con la voluntad del Sumo Pontífice, otorga benignamente durante el Año Sacerdotal.

A. A los sacerdotes realmente arrepentidos, que cualquier día recen con devoción al menos las Laudes matutinas o las Vísperas ante el Santísimo Sacramento, expuesto a la adoración pública o reservado en el Sagrario, y, a ejemplo de san Juan María Vianney, se ofrezcan con espíritu dispuesto y generoso a la celebración de los Sacramentos, sobre todo al de la Penitencia, se les imparte misericordiosamente en Dios la indulgencia plenaria, que podrán aplicar también a los presbíteros difuntos como sufragio si, de acuerdo con las normas vigentes, se acercan a la confesión sacramental y al banquete eucarístico, y oran según las intenciones del Sumo Pontífice.

A los sacerdotes se les concede, además, la indulgencia parcial, también aplicable a los presbíteros difuntos, cada vez que recen con devoción oraciones aprobadas, para llevar una vida santa y cumplir santamente las tareas a ellos encomendadas.

B. A todos los fieles realmente arrepentidos que, en una iglesia u oratorio, asistan con devoción al sacrificio divino de la misa y ofrezcan por los sacerdotes de la Iglesia oraciones a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y cualquier obra buena realizada ese día, para que los santifique y los modele según su Corazón, se les concede la indulgencia plenaria, a condición de que hayan expiado sus pecados con la penitencia sacramental y hayan elevado oraciones según la intención del Sumo Pontífice:  en los días en que se abre y se clausura el Año Sacerdotal, en el día del 150° aniversario de la piadosa muerte de San Juan María Vianney, en el primer Jueves de mes o en cualquier otro día establecido por los Ordinarios de los lugares para utilidad de los fieles.

Será muy conveniente que, en las iglesias catedrales y parroquiales, sean los mismos sacerdotes encargados del cuidado pastoral quienes dirijan públicamente estas prácticas de piedad, celebren la santa misa y confiesen a los fieles.

También se concederá la indulgencia plenaria a los ancianos, a los enfermos y a todos aquellos que por motivos legítimos no puedan salir de casa, si con el espíritu desprendido de cualquier pecado y con la intención de cumplir, en cuanto les sea posible, las tres acostumbradas condiciones, en su casa o donde se encuentren a causa de su impedimento, en los días antes determinados rezan oraciones por la santificación de los sacerdotes, y ofrecen con confianza a Dios, por medio de María, Reina de los Apóstoles, sus enfermedades y las molestias de su vida.

Por último, se concede la indulgencia parcial a todos los fieles cada vez que recen con devoción en honor del Sagrado Corazón de Jesús cinco padrenuestros, avemarías y glorias, u otra oración aprobada específicamente, para que los sacerdotes se conserven en pureza y santidad de vida.
Este Decreto tiene vigor a lo largo de todo el Año sacerdotal. No obstante cualquier disposición contraria.

Dado en Roma, en la sede de la Penitenciaría Apostólica, el 25 de Abril, fiesta de San Marcos evangelista, año de la encarnación del Señor 2009.

Cardenal James Francis Stafford
Penitenciario mayor

 Gianfranco Girotti, o.f.m.conv.
Obispo titular de Meta, Regente

A

San Juan María Vianney

San Juan Ma VianneyCura de Ars, nacido en Dardilly, cerca de Lyon, Francia, el 8 de Mayo de 1786; muerto en Ars el 4 de Agosto de 1859; hijo de Matthieu Vianney y Marie Beluze.

En 1806, el cura de Ecully, M. Balley, abrió una escuela para aspirantes a eclesiásticos, y Juan María fue enviado a ella. Aunque era de inteligencia mediana y sus maestros nunca parecen haber dudado de su vocación, sus conocimientos eran extremadamente limitados, limitándose a un poco de aritmética, historia, y geografía, y encontró el aprendizaje, especialmente el estudio del latín, excesivamente difícil. Uno de sus compañeros, Matthias Loras, después primer obispo de Dubuque, le ayudaba en sus lecciones de latín.

Pero ahora se presentó otro obstáculo. El joven Vianney fue llamado a filas, al haber obligado la guerra de España y la urgente necesidad de reclutas a Napoleón a retirar la exención que disfrutaban los estudiantes eclesiásticos en la diócesis de su tío, el Cardenal Fesch. Matthieu Vianney intentó sin éxito procurarse un sustituto, de modo que su hijo se vio obligado a incorporarse. Su regimiento pronto recibió la orden de marchar. La mañana de la partida, Juan Bautista fue a la iglesia a rezar, y a su vuelta a los cuarteles encontró que sus camaradas se habían ido ya. Se le amenazó con un arresto, pero el capitán del reclutamiento creyó lo que contaba y lo mandó tras las tropas. A la caída de la noche se encontró con un joven que se ofreció a guiarle hasta sus compañeros, pero le condujo a Noes, donde algunos desertores se habían reunido. El alcalde le persuadió de que se quedara allí, bajo nombre supuesto, como maestro. Después de catorce meses, pudo comunicarse con su familia. Su padre se enfadó al saber que era un desertor y le ordenó que se entregara pero la cuestión fue solucionada por su hermano menor que se ofreció a servir en su lugar y fue aceptado.

Juan Bautista reanudó entonces sus estudios en Ecully. En 1812 fue enviado al seminario de Verrieres; estaba tan mal en latín que se vio forzado a seguir el curso de filosofía en francés. Suspendió el examen de ingreso al seminario propiamente dicho, pero en un nuevo examen tres meses más tarde aprobó. El 13 de Agosto de 1815 fue ordenado sacerdote por Monseñor Simón, obispo de Grenoble. Sus dificultades en los estudios preparatorios parecen haberse debido a una falta de flexibilidad mental al tratar con la teoría como algo distinto de la práctica – una falta justificada por la insuficiencia de su primera escolarización, la avanzada edad a la que comenzó a estudiar, el hecho de no tener más que una inteligencia mediana, y que estuviera muy adelantado en ciencia espiritual y en la práctica de la virtud mucho antes de que llegara a estudiarla en abstracto. Fue enviado a Ecully como ayudante de M. Balley, quien fue el primero en reconocer y animar su vocación, que le instó a perseverar cuando los obstáculos en su camino le parecían insuperables, que intercedió ante los examinadores cuando suspendió el ingreso en el seminario mayor, y que era su modelo tanto como su preceptor y protector. En 1818, tras la muerte de M. Balley, Vianney fue hecho párroco de Ars, una aldea no muy lejos de Lyon. Fue en el ejercicio de las funciones de párroco en esta remota aldea francesa en las que el “Cura de Ars” se hizo conocido en toda Francia y el mundo cristiano. Algunos años después de llegar a Ars, fundó una especie de orfanato para jóvenes desamparadas. Se le llamó “La Providencia” y fue el modelo de instituciones similares establecidas más tarde por toda Francia. El propio Vianney instruía a las niñas de “La Providencia” en el catecismo, y estas enseñanzas catequéticas llegaron a ser tan populares que al final se daban todos los días en la iglesia a grandes multitudes. “La Providencia” fue la obra favorita del “Cura de Ars”, pero, aunque tuvo éxito, fue cerrada en 1847, porque el santo cura pensaba que no estaba justificado mantenerla frente a la oposición de mucha buena gente. Su cierre fue una pesada prueba para él.

Pero la principal labor del Cura de Ars fue la dirección de almas. No llevaba mucho tiempo en Ars cuando la gente empezó a acudir a él de otras parroquias, luego de lugares distantes, más tarde de todas partes de Francia, y finalmente de otros países. Ya en 1835, su obispo le prohibió asistir a los retiros anuales del clero diocesano porque “las almas le esperaban allí”. Durante los últimos diez años de su vida, pasó de dieciséis a dieciocho horas diarias en el confesionario. Su consejo era buscado por obispos, sacerdotes, religiosos, jóvenes y mujeres con dudas sobre su vocación, pecadores, personas con toda clase de dificultades y enfermos. En 1855, el número de peregrinos había alcanzado los veinte mil al año. Las personas más distinguidas visitaban Ars con la finalidad de ver al santo cura y oír su enseñanza cotidiana. El Venerable Padre Colin se ordenó diácono al mismo tiempo, y fue su amigo de toda la vida, mientras que la Madre Marie de la Providence fundaba las hermanas auxiliadoras de las ánimas del purgatorio por su consejo y con su constante aliento. Su dirección se caracterizaba por el sentido común, su notable perspicacia, y conocimiento sobrenatural. A veces adivinaba pecados no revelados en una confesión imperfecta. Sus instrucciones se daban en lenguaje sencillo, lleno de imágenes sacadas de la vida diaria y de escenas campestres, pero que respiraban fe y ese amor de Dios que era su principio vital y que infundía en su audiencia tanto por su modo de comportarse y apariencia como por sus palabras, pues al final, su voz era casi inaudible.

Los milagros registrados por sus biógrafos son de tres clases:

• en primer lugar, la obtención de dinero para sus limosnas y alimento para sus huérfanos;
• en segundo lugar, conocimiento sobrenatural del pasado y del futuro;
• en tercer lugar, curación de enfermos, especialmente niños.

El mayor milagro de todos fue su vida. Practicó la mortificación desde su primera juventud, y durante cuarenta años su alimentación y su descanso fueron insuficientes, humanamente hablando, para mantener su vida. Y aun así, trabajaba incesantemente, con inagotable humildad, amabilidad, paciencia, y buen humor, hasta que tuvo más de setenta y tres años.

El 3 de Octubre de 1874 Juan Bautista María Vianney fue proclamado Venerable por Pío IX y el 8 de Enero de 1905, fue inscrito entre los Beatos. El Papa Pío X lo propuso como modelo para el clero parroquial.

En 1925, el Papa Pío XI lo canonizó. Su fiesta se celebra el 4 de Agosto.

SUSAN T. OTTEN
Transcrito por Gerard Haffner
Traducido por Francisco Vázquez

NOVENA A SAN JUAN MARIA VIANNEY (27 de Julio a 4 de Agosto)

a

El Papa ante los restos del Padre Pío

22 de Junio, 2009. Benedicto XVI visitó la tumba de uno de los santos más conocidos del siglo XX, el Padre Pío.
El Papa rezó unos momentos ante los restos del Padre Pío, y ante la reliquia de su corazón.

Además, Benedicto XVI visitó la celda número 1 de este convento de frailes capuchinos, el lugar en el que murió el santo en el año 1968.

Fue durante la visita de un día a San Giovanni Rotondo, la ciudad de San Pío. Benedicto XVI también celebró allí una Misa a la que acudieron unas 50 mil personas.

El Papa destacó que el Padre Pío comprendía perfectamente los sufrimientos de los hombres porque fue una persona de profunda fe. Por eso mismo, advirtió a los religiosos y devotos del santo que no conseguirán vivir la auténtica caridad si no son personas de intensa oración.

Benedicto XVI
El Padre Pío ha tenido que luchar sobre todo, no contra enemigos terrenos sino contra el espíritu del mal. Las mayores tempestades que lo amenazaban eran los asaltos del diablo, y de ellos se defendía con la “armadura de Dios” y con el “escudo de la Fe”.

Además, en este lugar en el que todo habla de la vida y de la santidad del Padre Pío, el Papa propuso a este santo como modelo para el Año Sacerdotal. Un ejemplo de oración, de cercanía a las personas y de generosidad, ya que pasaba la mayor parte del día en el confesionario, para confesar a quienes acudían al convento.

Si quieres conocer un poco más de San Pío de Pietrelcina:

Oración a Jesucristo

Jesús justísimo,
tú que con singular benevolencia me has llamado,
entre millares de hombres,
a tu secuela y a la excelente dignidad sacerdotal,
concédeme, te pido, tu fuerza divina
para que pueda cumplir en el modo justo mi ministerio.

Te suplico, Señor Jesús de hacer revivir en mí, hoy y siempre,
tu gracia, que me ha sido dada por la imposición de las manos del obispo.

Oh médico potentísimo de las almas,
cúrame de manera tal que no caiga nuevamente en los vicios
y escape de cada pecado y pueda complacerte hasta mi muerte.

Amén.

Oración para Sacerdotes

Dios omnipotente, que Tu gracia nos ayude para que nosotros,
que hemos recibido el ministerio sacerdotal,
podamos servirte de modo digno y devoto,
con toda pureza y buena conciencia.

Y si no logramos vivir la vida con mucha inocencia,
concédenos en todo caso el llorar dignamente el mal que hemos cometido,
y de servirte fervorosamente en todo con espíritu de humildad
y con el propósito de buena voluntad.

Por Cristo, nuestro Señor.

Amén.